Cada año, miles de jóvenes llegan a las aulas convencidos de que estudiar no es para ellos. Algunos acumulan suspensos, repeticiones de curso o experiencias de fracaso escolar; otros han vivido procesos migratorios complejos o situaciones personales difíciles que han debilitado su relación con la escuela. Sin embargo, la experiencia demuestra que una trayectoria educativa marcada por las dificultades no tiene por qué determinar el futuro de un estudiante. La pregunta fundamental es si el sistema educativo es capaz de ofrecer respuestas diferentes a quienes no encontraron su lugar en la enseñanza tradicional.
El artículo de Nacho Meneses publicado en EL PAÍS («La escuela después del fracaso», publicado en Formación el 24 de julio de 2026. elpais.com) analiza el papel de la Formación Profesional de Grado Básico como una vía capaz de reconstruir la relación de muchos jóvenes con el aprendizaje. A través de experiencias desarrolladas en distintos centros educativos, el reportaje muestra cómo cambios en las metodologías, el acompañamiento personal y la organización escolar pueden transformar trayectorias que parecían abocadas al abandono educativo. [elpais.com]
Más que dificultades académicas
Uno de los aspectos más interesantes del artículo es que cuestiona una idea muy extendida: la de atribuir exclusivamente al alumnado la responsabilidad de su fracaso escolar.
Muchos estudiantes que llegan a la FP de Grado Básico no presentan únicamente carencias académicas. También arrastran una pérdida de confianza en sí mismos y una percepción negativa de la escuela como espacio de aprendizaje. Después de años acumulando experiencias de fracaso, algunos terminan convencidos de que no son capaces de aprender o de que el sistema educativo no tiene nada que ofrecerles.
Por ello, el primer desafío no consiste únicamente en enseñar contenidos o competencias profesionales, sino en reconstruir el vínculo emocional con la educación.
Aprender de otra manera
Los centros que obtienen mejores resultados comparten una característica común: entienden que no basta con repetir las mismas estrategias que no funcionaron anteriormente.
El reportaje describe cómo algunos institutos han apostado por metodologías más activas y contextualizadas, donde los contenidos se relacionan con proyectos reales y con las experiencias vitales del alumnado. En lugar de centrar el aprendizaje exclusivamente en explicaciones teóricas o ejercicios repetitivos, se busca que los estudiantes encuentren sentido a lo que hacen y perciban la utilidad práctica de los conocimientos adquiridos.
Esta orientación conecta con una idea fundamental de la pedagogía contemporánea: aprendemos mejor cuando comprendemos para qué sirve lo que estamos aprendiendo y cuando podemos relacionarlo con nuestra realidad cotidiana.
La importancia del sentimiento de pertenencia
Uno de los mensajes más potentes del artículo es que el éxito educativo no depende únicamente de los contenidos impartidos.
Las experiencias analizadas muestran que muchos jóvenes comienzan a progresar cuando desarrollan un sentimiento de pertenencia al centro educativo y perciben que forman parte de una comunidad que confía en ellos.
Para estudiantes que han acumulado años de frustración, sentirse valorados puede convertirse en un factor decisivo. La escuela deja entonces de ser el lugar donde se acumulan los errores para convertirse en un espacio donde es posible experimentar el éxito, asumir responsabilidades y descubrir capacidades hasta entonces desconocidas.
El papel del profesorado
El reportaje también destaca la importancia del acompañamiento docente. Más allá de la transmisión de conocimientos, muchos profesores actúan como referentes que ayudan al alumnado a reconstruir expectativas y hábitos de trabajo.
En este contexto, la coordinación entre docentes adquiere una relevancia especial. Los centros con mejores resultados suelen desarrollar estrategias compartidas, intercambiar información sobre el alumnado y trabajar conjuntamente para responder a sus necesidades.
La educación se presenta así como una tarea colectiva en la que el éxito depende menos de actuaciones individuales aisladas y más de la capacidad del equipo docente para construir una respuesta coherente y coordinada.
El contacto con el mundo laboral
Otro elemento clave es la relación temprana con las empresas y los entornos profesionales.
Las prácticas permiten que muchos estudiantes experimenten situaciones de éxito fuera del contexto escolar. Cuando una empresa les asigna responsabilidades reales y reconoce su trabajo, la percepción que tienen de sí mismos cambia significativamente.
Para jóvenes acostumbrados al fracaso académico, descubrir que pueden desempeñar una tarea útil y recibir una valoración positiva supone con frecuencia un punto de inflexión. La autoestima mejora y aumentan las expectativas de continuar formándose o incorporarse al mercado laboral.
Una cuestión de mirada educativa
Quizá la reflexión más profunda del artículo sea que el denominado «fracaso escolar» no puede entenderse únicamente como el fracaso de determinados estudiantes.
Las experiencias descritas invitan a preguntarse hasta qué punto algunos problemas educativos tienen también relación con la capacidad del sistema para adaptarse a las características y necesidades de su alumnado.
Cuando cambian las metodologías, se fortalece el acompañamiento personal, se promueve el aprendizaje práctico y se generan entornos donde los estudiantes se sienten reconocidos, muchas trayectorias que parecían cerradas vuelven a abrirse.
Para seguir reflexionando en clase
- ¿Qué factores pueden explicar que un alumno pierda la motivación por aprender?
- ¿Hasta qué punto el fracaso escolar depende únicamente del estudiante?
- ¿Qué características tendría una escuela capaz de atender mejor la diversidad del alumnado?
- ¿Por qué es importante que los estudiantes encuentren utilidad a lo que aprenden?
- ¿Cómo influye la autoestima en el rendimiento académico?
- ¿Qué papel pueden desempeñar los docentes en la recuperación de alumnos que han dejado de confiar en sus posibilidades?
- ¿Y qué papel deben desempeñar los alumnos ante su nuevo papel en el proceso de enseñanza y aprendizaje?
Estas cuestiones pueden servir como punto de partida para actividades de tutoría, debates sobre abandono escolar o reflexiones relacionadas con la orientación académica y profesional.
Reflexión final
La experiencia de la Formación Profesional de Grado Básico muestra que muchas trayectorias educativas no están definitivamente escritas. Detrás de numerosos casos de abandono o fracaso existen jóvenes que necesitan encontrar una forma diferente de aprender, sentirse valorados y descubrir que son capaces de progresar.
Desde una perspectiva educativa, el artículo invita a sustituir la pregunta «¿qué les pasa a estos alumnos?» por otra quizá más útil: «¿qué podemos hacer para responder mejor a sus necesidades?». La diferencia parece pequeña, pero implica un cambio profundo de mirada. Porque, en ocasiones, transformar una trayectoria educativa no depende únicamente de cambiar al estudiante, sino también de cambiar la manera en que la escuela se relaciona con él.
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