Hay situaciones en la vida que no podemos controlar por completo: un mal resultado académico, un conflicto con un amigo, un problema familiar o una dificultad profesional. Ante estas circunstancias, las personas solemos reaccionar de formas muy diferentes. Algunas se limitan a lamentarse por lo que ocurre, otras confían en que el tiempo resolverá el problema por sí solo y otras deciden actuar para intentar mejorar la situación. Precisamente sobre estas diferentes formas de afrontar las dificultades nos invita a reflexionar un conocido proverbio chino.
La frase «Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad» expresa una idea sencilla pero profunda: ante un problema, resulta más útil buscar soluciones que quejarse continuamente de él. Aunque una sola vela no elimine toda la oscuridad, sí aporta algo de luz y permite avanzar. El proverbio nos recuerda que nuestras acciones, por pequeñas que sean, pueden contribuir a mejorar la realidad que nos rodea.
Maldecir la oscuridad: la queja sin acción
La primera actitud consiste en «maldecir la oscuridad». Se trata de centrar toda la atención en los problemas, los obstáculos o las dificultades sin intentar hacer nada para cambiarlos.
En el ámbito escolar, esta actitud aparece cuando un alumno atribuye sistemáticamente sus malos resultados a la dificultad de los exámenes, a la forma de explicar del profesor o al comportamiento de sus compañeros, sin plantearse qué podría hacer para mejorar su aprendizaje. En el entorno familiar, puede manifestarse cuando alguien se queja continuamente de la falta de comunicación o de los problemas de convivencia, pero evita cualquier esfuerzo por dialogar o buscar soluciones. También la encontramos en el trabajo cuando un empleado o incluso un docente critican constantemente la organización, los recursos disponibles o determinadas decisiones, pero no proponen alternativas ni participan activamente en los cambios necesarios. En todos estos casos, el problema puede ser real, pero la energía se concentra en la queja y no en la búsqueda de soluciones.
Reconocer las dificultades es necesario, pero quedarse únicamente en la crítica rara vez contribuye a resolverlas.
El optimismo ingenuo: pensar que todo se arreglará solo
En el extremo opuesto encontramos el optimismo ingenuo. Consiste en creer que las cosas mejorarán automáticamente sin necesidad de esfuerzo, planificación o compromiso.
Un estudiante puede confiar en aprobar una asignatura sin dedicarle el tiempo necesario porque piensa que «de alguna manera saldrá bien». En el ámbito familiar, esta actitud aparece cuando se espera que los conflictos desaparezcan por sí solos sin hablar de ellos ni afrontarlos. Entre amigos puede darse cuando se confía en que una amistad deteriorada se recuperará simplemente con el paso del tiempo sin intentar aclarar los malentendidos. Del mismo modo, en una empresa o en un centro educativo puede surgir la idea de que determinados problemas organizativos acabarán resolviéndose sin que nadie tome la iniciativa para abordarlos. Aunque esta actitud transmite tranquilidad y esperanza, el riesgo es que termine convirtiéndose en una excusa para no actuar.
El optimismo ingenuo no niega la existencia de la oscuridad, pero tampoco enciende ninguna vela.
El optimismo realista: encender una vela
Entre ambos extremos se encuentra el optimismo realista. Esta actitud reconoce las dificultades, pero también confía en la capacidad de las personas para actuar y mejorar la situación.
Un alumno con esta mentalidad acepta que una materia le resulta complicada, pero organiza mejor su tiempo, pide ayuda cuando la necesita y busca nuevas estrategias de estudio. En el ámbito familiar, supone reconocer los problemas de convivencia y promover espacios de diálogo para resolverlos. Entre amigos, implica dar el paso de hablar sobre aquello que ha generado tensión en lugar de esperar que el tiempo lo arregle todo. Como docentes, significa identificar las dificultades de aprendizaje o de convivencia que existen en el aula y poner en marcha medidas para afrontarlas, aunque sus resultados no sean inmediatos. Del mismo modo, en cualquier organización o empresa, el optimismo realista lleva a analizar los problemas con objetividad y a buscar soluciones viables.
Esta forma de pensar combina esperanza y acción. No se limita a lamentar la realidad ni espera que cambie por arte de magia. Busca pequeños pasos concretos para avanzar. En cierto modo, encender una vela representa precisamente eso: realizar una acción positiva, por pequeña que sea, para mejorar una situación.
Una lección para la vida
La enseñanza de este proverbio va mucho más allá del ámbito escolar. A lo largo de nuestra vida encontraremos problemas que no desaparecerán por sí solos y que tampoco mejorarán únicamente porque nos quejemos de ellos.
Las personas que logran superar las dificultades suelen compartir una característica común: se centran en aquello que pueden cambiar. No controlan todas las circunstancias, pero sí deciden cómo responder ante ellas. Saben que una sola acción puede no resolver completamente un problema, pero entienden que resulta mucho más útil dar un pequeño paso adelante que permanecer inmóviles lamentándose por la situación.
Por eso, el proverbio chino nos invita a sustituir la pasividad por la iniciativa y la resignación por la búsqueda de soluciones.
Para seguir reflexionando en clase
- ¿Por qué algunas personas tienden a centrarse más en los problemas que en las soluciones?
- ¿Cuál es la diferencia entre reconocer una dificultad y quejarse constantemente de ella?
- ¿Qué riesgos puede tener confiar en que los problemas se resolverán por sí solos?
- ¿Conoces alguna situación en la que una pequeña acción haya contribuido a mejorar un problema importante?
- ¿Qué ejemplos de optimismo realista podemos encontrar en el deporte, la ciencia o la vida cotidiana?
- ¿Qué «velas» podríamos encender para mejorar la convivencia y el aprendizaje en nuestra clase?
Estas cuestiones pueden servir como punto de partida para una sesión de tutoría, un debate o una reflexión individual sobre la manera en que afrontamos las dificultades cotidianas.
Reflexión final
«Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad» no nos invita a ignorar los problemas ni a pensar que todo saldrá bien sin esfuerzo. Su mensaje es más profundo: reconocer la realidad tal como es y actuar para mejorarla. Entre la queja permanente y el optimismo ingenuo existe un camino más constructivo, el del optimismo realista.
Desde una perspectiva educativa, esta actitud resulta especialmente valiosa porque ayuda a los alumnos a desarrollar resiliencia, responsabilidad y confianza en su capacidad para afrontar los desafíos. La educación no solo debe transmitir conocimientos, sino también enseñar a enfrentarse a las dificultades con una actitud activa y constructiva. Al fin y al cabo, el progreso personal y colectivo suele comenzar con algo tan sencillo como decidir encender una pequeña vela en lugar de quedarse observando la oscuridad.
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